La opción B

Necesito dejar de mirar, pero no puedo hacerlo.

Veo mi librero a punto de reventar.

Veo la página, blanca casi toda.

Veo el calendario y escucho incesante la voz de la editora (17 fecha límite, 17 fecha límite, 17 FECHA LÍMITE) en mi cabeza.

En teoría, debería ponerme a reseñar un libro, hablar de lo bueno que es y concluir con esa trillada melodía: “Vayan a comprarlo chavos, no van a soltarlo hasta el final y es un excelente regalo para esa persona especial”. Eso sería más fácil si leyera Crepúsculo, El alquimista o Arrebatos carnales (cualquiera de los dos). Pero no es el caso, al menos no este mes. No este año. No en esta vida.

¿Cómo cantar esa tonadita con libros como El asco de Horacio Castellanos Moya? ¿O Trabajos del reino de Yuri Herrera?

Preguntémosle al librero:

Blanco nocturno, de Ricardo Piglia.

Todo nada, de Brenda Lozano.

Dichosos los que lloran, de Ángel Santiesteban Prats.

Tras las huellas de mi olvido, de Bibiana Camacho.

Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño.

Severiana, de Ricardo Chávez Castañeda.

Voces de humo, de Pablo Andrés Escapa.

Fiesta en la madriguera, de Juan Pablo Villalobos.

Loco afán: crónicas de sidario, de Pedro Lemebel.

La Señora Rojo, de Antonio Ortuño.

No, el librero no ayuda. No hay cómo decir la típica cantaleta con ninguno de esos títulos.

El problema es que son buenos. Bastante buenos. Tanto que vale la pena buscarlos, comprarlos, leerlos, comentarlos y compartirlos.

No son textos fáciles. No son libros simplistas. No son parte del top de ventas en las librerías. Sólo son libros que valen cada moneda invertida en ellos. Son una invitación a otro nivel de lectura.

Así me despido, esperando sus comentarios y rezándole a dios (Poe) que acepten alguna de las sugerencias.

By: Manuel Barroso


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