EL CANTANTE DE MUERTOS

EL CANTANTE DE MUERTOS

Antonio Ramos Revillas

Da gusto saber que no todo lo que escriben las plumas del norte mexicano sabe a sangre y a plomo.

Da gusto saber que no en todo lo que escriben las plumas del norte mexicano se ven marranas negras.

Da gusto saber que no todo lo que escriben las plumas del norte mexicano se siente a crimen y olvido.

Da gusto escuchar el gemido de la guitarra. Ese empolvado ruido que levanta las últimas voces de los que ya no están pero siguen aquí.

El cantante de muertos narra no sólo la historia del pequeño Pablo Rodas, también la de su padre, sus abuelos y sobre todo, la historia de la peste de esa familia. Me refiero a eso que hace a Pablo ser visto con asco por sus compañeros de clase, que provoca que Sol y Eugenio huyan de cada pueblo en el que están, eso que levanta los murmullos de desprecio cada que Salvador sale de su casa vestido de blanco y con el estuche en hombros. “Eso” es una canción de tristeza sobre acordes amargos.

Los Rodas, arrastrados de muchas formas por Antonio Heredia, son una familia que le canta a los muertos. Una familia que, quiera o no, camina con las miradas de repudio sobre los hombros de aquellos que no entienden su cantar. Una familia que escucha aquello que los vivos procuramos no volver a oír.

Una familia que camina más allá que acá.

Creo que de eso se trata todo esto, de lo delgada que es la línea que separa a los corazones que siguen latiendo y a los que no. No sólo me refiero al de los humanos, también a los de ciertos oficios “de pueblo” en una ciudad que se extiende y cambia. Por eso esta historia no puede encontrar mejor sombra que la del Cerro de la Silla y se cocina perfecto al calor de las fundidoras.

Sé que esto no les dice casi nada de la novela. Es más una maraña de comentarios que una reseña en forma. La verdad no me dan ganas de escribir nada bien. La verdad el aliento no me alcanza para llegar al fondo de este ataúd.

La verdad, no dejo de pensar qué canción quiero que toquen cuando muera. No quiero que mi cadáver diga que merezco algo pop o metal pesado porque eso no soltaría mis palabras muertas, no dejaría escapar mi disculpa. Esa es una de las cosas que este envolvente libro puede generar en el lector, uno de los umbrales que puede obligarlos a cruzar.

Los dejo. Adiós. No lean, es malo para la salud, los hace ver el mundo distinto. Si leen El cantante de muertos y escuchan el susurro de aquellos que se les han ido, de todos sus pequeños muertos (es decir, de todas sus despedidas (¿qué es la vida sino una larga despedida?)), entenderán de lo que hablo.

Manuel Barroso


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