El pensamiento de un soldado

El pensamiento de un soldado

¿Acaso hay alguien ausente? ¿Dónde estás?, ¿Dónde estoy?, ¿Dónde estamos?  Siento la sangre enfriarse; ¡entiendo! seremos el ejercito de arcángeles que luchara contra los males que a la tierra rigüe, ¿Pero cómo luchar una batalla en la cual las armas no desvanezcan almas, no amputen bienestar, no derramen sangre? 

Huelo la tierra, veo el horizonte inclinado y borroso, unas gotas nublan mi vista, aunque el sol se percibe como luz que atraviesa un prisma. Que distante es aquella rama cubierta de nieve con las flores taciturnas sobre ella, y pensar que tan solo la tengo a unos metros; no sé cómo moverme, mi cuerpo está indeciso, casualmente ha preferido aislarse de mi pensamiento ahora que tanto lo necesito, aun queda una vida dentro de mis sueños, en aquel palacio de bóvedas elevadas, largos ventanales y jardines de caminatas interminables, con patios, miradores, lagunas y bosques, aquel lugar con lluvias por temporada y un sol magistral que en las madrugadas levante un vapor de agua que vuelva de la tierra un cielo de nubes, de veranos con corrientes de viento que hagan de los vuelos de aves todo un circo de destreza y categoría, del amor una virtud que se cumpla en las grandes lecturas y las elevadas temperaturas saciadas con grandes cantidades de limonada y fruta fresca, pero el aroma del jazmín o la rosa, de la albahaca o el musgo que invadan las habitaciones como inciensos. Y claro está la comida, los manjares más exquisitos dibujados en bodegones, y aquellos que hoy extraño servidos a la mesa; son los que alguna vez probé sentado con gente que me amaba y servido con la mayor sencillez y gratitud del mundo, nada en lo absoluto sabe mejor que eso. Mi padre siempre dijo que el vino y la uva eran los placeres menos dignos de la humanidad y con mayor sabor a ella. Tratando de explicarlo desvariaba en una comparación de ellos con el hombres mismos y proponía que el alma era como cualquier fruto una oportunidad de hacer de él algo grande o algo aun mas grande, la diferencia decía vacilante era la madurez,  y aun mas vacilante: exponía que al final todo fruto seria abono de la misma tierra. Incluso nosotros seremos abono, de una forma o de otra.

Creo que en estos momentos sin mi cabeza ocupada en dirigir mi cuerpo endeble, desconectado, mis sentidos tienden a oscilar un poco y es como si la historia de mi vida cruzara mi mente de manera tan veloz que parece que en un segundo he revivido mas recuerdos que en dos semanas de insomnio y cuestionamientos, pero todo al final pasa tan despacio, surge tan detallado, tan esplendido que recuerdo no solo el vivo sentido de las imágenes, si no percibo de ellas su aliento que me envuelve cariñosamente en un rio de niñez, juventud, sueños, posibilidades, sentimientos incluso aquellos que me negaba a aceptar o consolidar como parte mía, ahora se expresan y me dirigen una armónica tonada de verdad y sinceridad. Que terrible debe de ser hurtarte de soñar, de vivir plenamente ese mar de sentimientos y veracidad. Pero así somos y hemos sido siempre hasta no ver como la muerte nos quita el último suspiro de los labios con un hubiera apurado y la rabia del perdón y la melancolía, la tristeza. Giramos e intentamos dar pasos que ya no somos capaces de dar y rogamos a quienes les enseñamos a ser tal cual nosotros que no lo sean y simplemente vemos pasar un adiós interminable como una bengala de un barco que se hunde lento pero perdido en una obscuridad absoluta sin más que tiempo para reflexionar. Creo que ese es mi momento ahora, el momento del hombre en donde se disculpa, se rompe y es afectado por la arrogancia y la incomprensión, por justificar la hermosura en vanidades y evadir los verdaderos pilares de un mundo que vive y late como el corazón mío que ya no distingo.

No debe existir algo tan hermoso como la muerte cuando no tienes deuda alguna con la vida, pues se aproxima justificando su presencia en una humedad en mi pecho que brota desde el centro de mi alma como manantial incontenible, con un plomo dentro del cuerpo que infecta los órganos, y una voluntad débil a levantarme a continuar con la percepción del odio y la fatiga. Prefiero el abrazo sublime del negro manto con sonrisa virgen y ojos dulces de redención, me hace sentir como si conociera el camino, me propone ser llevado a una corte que determine los poderes que mi alma ha adquirido en la vida.

Al final el juez se levanta de la silla y con una sonrisa un tanto sarcástica, aunque con ojos profundamente bondadosos me dice: Descuida el perdón esta en todos, pero la vida es la única oportunidad que tienen de ser únicos.

Mauricio Mallet


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