Sobre la (triste) realidad de la generación espontánea (Parte 2)

Sobre la (triste) realidad de la generación espontánea (Parte 2)

Por eso no es raro que nuestros queridos pseudoescritores se junten para corear alguna de las dos famosas cantaletas: “yo sólo escribo cuando llega la inspiración” y la típica “no leo para no contaminar mi estilo”.

Pues bien, señores, alguien que se pasa horas corrigiendo textos de gente que no sabe redactar –harto de sus estribillos –tiene algunas cosas que decir al respecto:

La primera tonadita autoriza esta tonta creencia de que uno puede sentarse a crear el nuevo Ulises sin partirse el lomo (si la inspiración va a encontrarte, que te encuentre trabajando, bestia), creencia que no es nada reciente. De hecho, viene desde el romanticismo. Ahí apareció una gran cantidad de jóvenes aristócratas que querían ser artistas PERO no estaban dispuestos a trabajar por ello. Entonces nace la (deprimente) imagen del artista fracasado que afirma que “nadie comprende su trabajo” para justificar su condición de inédito.

En teoría no eran muchos. En teoría.

Dos siglos después, de repente, nos enteramos de que aquellas sensibilidades incomprendidas dejaron un montón de herederos. Sólo que, a diferencia de sus antecesores, los nuevos “geniecillos” trabajan con laptops  y arrojan sus mensages poeticos censibles y bien escritos ke valen mas que la coza esa, el alef, aphel, como ca, al mar electrónico.

Ahora, si me disculpan, compraré un rifle (a la Fadanelli) porque la segunda tonadita, escuchada hasta el cansancio, me parece aberrante. Cada día parece ser más común que la gente escriba sin tener la más remota idea de qué se ha hecho antes. Los argumentos para ello giran, comúnmente, en torno a la idea de que tanto su “estilo personal” como su “originalidad”  se verían deformados por la lectura de otros autores.

Traducción uno: estos tipos sienten que su forma de escribir llena de errores de redacción, metáforas muertas, lugares comunes y palabrería barata tiene no sólo algún (improbable) mérito, también se atreven a afirmar que escriben mejor que Fitzgerald, Mallarmé y Reyes.

Traducción dos: estos tipos sienten que son tan originales que nadie más en el mundo ha pensado una novela en puro diálogo (Puig), un poema en el que las palabras caigan (Huidobro), un cuento con una sola vocal (de la Borbolla (que habla con Perec)) o un ensayo que hable del pan (Ponge). Es más, dan por sentado que su genio es tan grande que menosprecian la idea de que se les pueda ocurrir alguna idea a partir de un libro porque son tan originales que no tienen por qué basarse en nada.

Hay que entenderlo de una vez, conocer la tradición literaria es fundamental para la creación literaria, así de simple. Y lo es porque ese conocimiento sólo va a hacer una cosa: enriquecer el texto. No es, para nada, igual de disfrutable un escrito que parlotea para sí mismo que uno que conversa con una cantidad de referencias anteriores. Referencias que enriquecen la experiencia del lector. Lector que, créanlo, va a agradecerlo.

Aspirantes a escritores, a leer y escribir. Escribir hasta que los dedos se nos entuman. Leer hasta que nos ardan los ojos. Trabajar hasta obtener algo que valga la pena ser leído.

Un ESCRITOR no nace de probeta ni se descarga en su procesador cerebral el programa de la técnica (aún no). Hay mucho trabajo atrás de una cuartilla, eso hay que entenderlo de una vez.

Se siente bien desahogarse. Es casi como vomitar en sus zapatos.
Manuel Barroso

Por eso no es raro que nuestros queridos pseudoescritores se junten para corear alguna de las dos famosas cantaletas: “yo sólo escribo cuando llega la inspiración” y la típica “no leo para no contaminar mi estilo”.

Pues bien, señores, alguien que se pasa horas corrigiendo textos de gente que no sabe redactar –harto de sus estribillos –tiene algunas cosas que decir al respecto:

La primera tonadita autoriza esta tonta creencia de que uno puede sentarse a crear el nuevo Ulises sin partirse el lomo (si la inspiración va a encontrarte, que te encuentre trabajando, bestia), creencia que no es nada reciente. De hecho, viene desde el romanticismo. Ahí apareció una gran cantidad de jóvenes aristócratas que querían ser artistas PERO no estaban dispuestos a trabajar por ello. Entonces nace la (deprimente) imagen del artista fracasado que afirma que “nadie comprende su trabajo” para justificar su condición de inédito.

En teoría no eran muchos. En teoría.

Dos siglos después, de repente, nos enteramos de que aquellas sensibilidades incomprendidas dejaron un montón de herederos. Sólo que, a diferencia de sus antecesores, los nuevos “geniecillos” trabajan con laptops  y arrojan sus mensages poeticos censibles y bien escritos ke valen mas que la coza esa, el alef, aphel, como ca, al mar electrónico.

Ahora, si me disculpan, compraré un rifle (a la Fadanelli) porque la segunda tonadita, escuchada hasta el cansancio, me parece aberrante. Cada día parece ser más común que la gente escriba sin tener la más remota idea de qué se ha hecho antes. Los argumentos para ello giran, comúnmente, en torno a la idea de que tanto su “estilo personal” como su “originalidad”  se verían deformados por la lectura de otros autores.

Traducción uno: estos tipos sienten que su forma de escribir llena de errores de redacción, metáforas muertas, lugares comunes y palabrería barata tiene no sólo algún (improbable) mérito, también se atreven a afirmar que escriben mejor que Fitzgerald, Mallarmé y Reyes.

Traducción dos: estos tipos sienten que son tan originales que nadie más en el mundo ha pensado una novela en puro diálogo (Puig), un poema en el que las palabras caigan (Huidobro), un cuento con una sola vocal (de la Borbolla (que habla con Perec)) o un ensayo que hable del pan (Ponge). Es más, dan por sentado que su genio es tan grande que menosprecian la idea de que se les pueda ocurrir alguna idea a partir de un libro porque son tan originales que no tienen por qué basarse en nada.

Hay que entenderlo de una vez, conocer la tradición literaria es fundamental para la creación literaria, así de simple. Y lo es porque ese conocimiento sólo va a hacer una cosa: enriquecer el texto. No es, para nada, igual de disfrutable un escrito que parlotea para sí mismo que uno que conversa con una cantidad de referencias anteriores. Referencias que enriquecen la experiencia del lector. Lector que, créanlo, va a agradecerlo.

Aspirantes a escritores, a leer y escribir. Escribir hasta que los dedos se nos entuman. Leer hasta que nos ardan los ojos. Trabajar hasta obtener algo que valga la pena ser leído.

Un ESCRITOR no nace de probeta ni se descarga en su procesador cerebral el programa de la técnica (aún no). Hay mucho trabajo atrás de una cuartilla, eso hay que entenderlo de una vez.

Se siente bien desahogarse. Es casi como vomitar en sus zapatos.


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