Los parias de las letras (parte 1)

Los parias de las letras (parte 1)

Cuando se habla del mundo del libro, al menos en México, algunos suelen llamarlo por un nombre largo y pomposo: Hermana República de las Letras.

Ese territorio inexistente, como todos los territorios que se precien de serlo, tiene habitantes cómicos, mágicos y musicales. Solemos enlistarlos en clases, jornadas estudiantiles o aburridas borracheras de académicos Ahí están los autores. los críticos, los editores, los mismos académicos, los correctores de estilo, los lectores, los escritores fantasma, los diseñadores de epubs, todos tienen su lugar en los congresos donde se toma la palabra y se comentan los andares, aventuras y vicisitudes de los felices habitantes de esta gran y honorable república.

Pero en ella, como en todas, hay algunos pobladores de los que nadie habla. Una bola de personitas despojadas de rostro y ninguneadas casi por todos los demás personajes enlistados anteriormente.

LibrosSoy una buena persona, les hice un pequeño corto para que no se aburran: supongamos que una noche de invierno una lectora entra a una librería. Para hacerlo más personal, llamemos Aline a la lectora y Gandhi a la librería. Les decía, supongamos que una noche de invierno Aline entra a Gandhi. No está buscando nada en especial, sólo quiere ver los libros. De repente, después de un buen rato, encuentra uno que en su vida había visto. Un libro gordo, bello y de tipografías, digamos. Aline, consciente de que no trae el dinero suficiente para comprarlo, le toma una foto al ISBN para buscarlo después. Está en eso cuando un hombre con una playera color amarillo-mírame-a-huevo se le acerca y le dice que tiene que borrar la foto. Consternada, la muchacha –porque Aline es nombre de muchacha –le explica al sujeto que sólo está sacando el número para buscar el libro y comprarlo después. El hombre, con gesto serio y las manos en la cintura, le repite que debe borrar la foto y le explica que, si no lo hace, estará violando los derechos de autor.

Paremos la cinta en este momento. Quiero que vean al hombre de playera amarilla-mírame-a-huevo. No es ni alto ni bajo, ni flaco ni gordo, ni muy blanco ni muy moreno. Es un tipo cualquiera, común y corriente.

Un tipo cuyo trabajo es acomodar los libros de texto por orden alfabético, apilar los tabiques recién llegados en la mesa de novedades, buscar algún título en el sistema, armar las devoluciones (trabajo arduo y horrible), poner las etiquetas con los precios encima de las palabras claves de las contraportadas y, por sobre todas las cosas, decirle a cualquier persona que pregunte por cualquier título que el libro que buscan no lo tienen en ese momento, pero que lo pueden pedir y que les llegaría como en una semana (ojo: esto nunca, NUNCA, es verdad).

De ellos trata esto, de los empleados de las librerías.

¿Por qué? Esa es una excelente pregunta cuya respuesta es, por excelencia, tajante, certera y totalmente ridícula.

El tipo que los atiende en una librería influye sobre su experiencia con el libro, modifica el acontecimiento de su lectura.

Llevo mucho tratando de entender cómo demostrar mi punto. Me tomó un buen rato pero un día sin luz –con la pila de la lap acabándose y Facebook fuera de circulación –me llegó la iluminación necesaria para hacerlo. Por ello les hablaré del oasis… y después de mis amigos. Estas dos cosas fueron las que plantaron esta inquietud en mi cabeza y serán ellas quienes la saque a flote (o fracasarán, en cuyo caso les patearé el trasero).

Entre las joyas que ha publicado Sexto Piso en sus años de existencia, hay un libro que es la segunda cosa más bella del mundo después de un bat para focas. Me refiero a La librería de los escritores, de Mijaíl Osorguín.

En este breve texto, el autor escribe detalles del establecimiento que, de 1918 a 1922, fungió como tabla en medio de los cambios políticos para los libros y para todo aquel que los amara. Profesores, escritores, filósofos, historiadores, alumnos, gente común y corriente, Osorguín cuenta cómo iban todos a refugiarse entre aquellos objetos que, de la noche a la mañana, no valían nada. Imaginen, todos los volúmenes de la Historia del arte rusa, editado de 1906 a 1916, valían 32 kilos de harina.

Lo relevante del escrito son los momentos en los que se habla de la gente que atendía aquel lugar. Filósofos encargados de los libros de filosofía, poetas con la poesía, académicos expertos en la literatura rusa que atendían la sección de literatura rusa. Los compradores llegaban buscando cualquier cosa y se topaban con tipos urgidos de soltar su conocimiento sobre lo que los apasionaba.

Y los compradores escuchaban, y se dejaban guiar y, si se iban con un libro, también se llevaban una cantidad de conocimientos que antes no poseían.

Conocimientos cruzados con el libro que llevaban entre manos, que iban a leer.

Dejemos el oasis y adelantemos el reloj poco más de 90 años, me interesa llevarlos, ahora, a ver a mis amigos.

Imaginen un lugar con alfombra algo roída, libreros pintados en azul y blanco, un mueble que funge de caja de cobro en el que, aparte de la máquina registradora, hay paquetes de tarot, tarjetas con pensamientos positivos y la lista de los diez libros más vendidos del mes. Hay en el lugar una vieja computadora, unas cámaras de seguridad descompuestas, tarimas de madera junto a mesas descarapeladas. Escondida en el fondo, hay una máquina checadora que mira de frente a la pequeña bodega donde se reciben y guardan los libros que no se están exhibiendo  Frente a dicho lugar, hay una tambaleante escalera de caracol que lleva a la “oficina” del gerente… y a donde está el horno de microondas.

Es ahí donde viven los protagonistas de esta historia.

 

Manuel Barroso


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