Los parias de las letras (parte 2)

Los parias de las letras (parte 2)

Miren a los tipos de la bodega. El de cabello güero es… El güero. Está casado, muy clavado en ondas esotéricas, New Age y la mitología celta. El de cabello largo es Iván. Él librossiempre llega tarde, quiere estudiar filosofía en C. U. y es el dealer oficial de la librería. Una vez por semana, los dos juntan su hora de comer (por más que no deban hacerlo) y se suben a la azotea de la plaza comercial a fumar mota con Junior, el de la limpieza. Ahora vean hacia allá, al tipo alto que está hablando con la de la caja. Él es Jairo. Estudia alguna ingeniería en la FES Acatlán, apenas está pasando todas sus materias, viene de Tampico y está traumado con que necesita brazos fuertes. Ella es Lina. Es blanca, de cara bonita y pupilentes verdes. Tiene una voz suave y no hay día en que no esté pintándose las uñas. ¿Los de allá?, ah, verán: ella es Celia. Es morena, de baja estatura y conoce la ubicación exacta de cada objeto de la tienda porque lleva cuatro años (y contando) trabajando aquí. Él, que es el único que no usa una playera azul, es Christian, el gerente. Mediana estatura, sonrisa cheshiree y pelo lleno de gel. Cuando no está haciendo cuentas y nadie lo ve, abre el archivo en el que guarda sus cuentos y escribe.

Vendedores de libros que, igual que los rusos, se dedican a recibir dinero a cambio de la cosa con lomo y hojas que constituye el centro de la Hermana República de las Letras.

¿Cuál es la diferencia?

Simple: En el texto de Osorguín nos enteramos, por ejemplo, que un muchacho entra a buscar las obras de Nietzsche a la tienda protagonista del libro. Ahí se pone a hablar con el filósofo Nikolái Berdiáiev, uno de los encargados. Berdiáiev resulta ser experto en la obra del alemán y un erudito en cuanto a las ediciones y traducciones que existen del autor, así como de los ensayos creados a partir de su pensamiento. El muchacho y el filósofo empiezan a platicar sobre las obras y, después de horas de comentarios, debate e intercambio, el lector se va con las manos vacías porque no hay nada de Nietzsche en la tienda.

Ahora quiero que me acompañen de regreso al establecimiento de alfombra roída y muebles feos. Supongamos que entras a esta librería sin la más remota idea de qué quieres comprar y, de repente, porque sí, le pides a alguno de los empleados que te recomienden algo para leer, lo que sea.

Aquí es donde las cosas se ponen (se ponían) de lo más divertidas.

Si le preguntaras a Lina tratando de ligártela (no encuentro otra razón para preguntarle por un libro a la cajera), te toparías con un rostro enrojecido que, ignorante de cómo actuar o qué decir, agarraría el libro que más haya visto pasar por sus manos en el último mes y te dirá que es el mejor que ha leído en su vida (casi siempre era Los cuatro acuerdos, de Miguel Ruíz). Si tu opción fuera Celia porque te la topaste en un pasillo, te preguntaría que es lo que buscas. Supongamos para simplificar, porque siempre hay que simplificar, que le dices que buscas cualquier libro, lo que sea. Entonces Celia, con un aire de que sabe qué está haciendo, te entregará el libro de Alfaguara que quede más cerca de su mano (porque Alfaguara es la casa de los mejores escritores, eso ella lo sabe bien). Si el Güero está cubriendo a alguien y tú le pides cualquier libro, te traerá lo primero que encuentre sobre mitología celta y, si eso no te satisface porque no es una novela, te dará El señor de los anillos. Toparte con Iván puede ser una revelación o un martirio, porque te entregará libros que van desde El zoo humano hasta Así hablaba Zaratustra, pasando por Los caminos de la felicidad. Christian, con labia de buen vendedor y una sonrisa atemorizante, te hablará de todos los libros de los que haya cuarenta ejemplares en la bodega como si fueran el santo grial de la literatura universal.

Pero si ya quieres algo específico, debes ir con Jairo. Quiero que imagines la escena, es de lo más entretenida.

Imagina que entras a nuestra librería de alfombra roída. Vienes de salir del cine, acabas de ver una película de misterio y quieres leer algo así. Supongamos que te topas con Jairo y que, por alguna extraña razón, piensas “bueno, este tipo trabaja aquí, algo me ha de poder recomendar”, así que le pides que te pase una buena novela negra, llena de balazos, mujeres hermosas y criminales despiadados. Entonces Jairo, con toda la decisión que le dan sus brazos que insisten en ser fuertes, te entregará un libro gordo y rojo. “Los detectives salvajes”, dirá, “la mejor novela negra que he leído”.

Y supongamos, para terminar, que le tomas la palabra y te compras el libro pensando que es la mejor novela negra del mundo.

¿Qué pasó ahí? Lo mismo y no que ocurre en la anécdota de Nikolái Berdiáiev que mencioné hace unos momentos. Jairo le dio características a un libro que nunca ha leído en su vida guiándose por el título y por el tamaño de ese mamotreto (y por el precio. El diez por ciento de la venta se va a su sueldo), pero eso no es lo que más importa. Lo importante es que te lo llevaste convencido de que lo que escuchabas era verdad. Cuando llegues a tu casa, te aplastes en tu sillón y abras la obra de Bolaño, te toparás con todo menos con la versión impresa de CSI que espera encontrar.

Y tu acercamiento al libro va a cambiar.

Lo mismo con los clientes de las estampas anteriores. Se acercarán al libro con los elementos que los vendedores les han otorgado. Limitados, torpes y simplones, si quieren, pero son algo que ya está influyendo en cómo el lector se acercará al libro.

Es en ese punto, en el momento en el que alguien abre un texto y lo lee, que ocurre el acontecimiento literario que, a mi parecer, importa realmente. No sirven de nada los mil ejemplares de una novela, de una antología de cuentos, de un poemario, de un conjunto de ensayos, si nadie los lee. Mínimo debe haber un lector para que el acontecimiento ocurra y, enfrentémoslo, seguimos regidos, en su mayoría, a que el texto esté disponible en una librería o en una feria del libro (deprimámonos: la gente que atiende los stands de las ferias del libro son, en su mayoría, como Lina o Jairo).

Cruzar palabra acerca de un texto con el tipo que te lo está vendiendo tiene el mismo efecto en el lector que la reseña de un crítico (ojo, no estoy diciendo el mismo peso (no se me empanteren)). Hay una bola de comentarios que, de alguna manera, condicionarán la lectura y el acercamiento que el lector tenga con el libro. Comentarios hechos por gente que no tiene idea de lo que habla, sí, pero eso no nulifica el efecto que tienen en quien los escuche.

Estoy siendo cruel con esa última generalización. Hay por ahí algunos vendedores de libros que leen, que saben qué preguntar y por qué caminos guiar al lector que tiene la suerte (tal cual, la suerte) de cruzarse con ellos. Lo digo por una razón muy simple: aman los libros. Aman las historias y su lectura. Y, sobre todo, aman compartir esas historias. Son los vendedores como los de La librería de los escritores, son Iván, son el Güero. Son gente que intuye, que entiende, que la mejor manera de serle fiel a una historia –a ese acontecimiento –es amándola.

Manuel Barroso


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