Hasta que nos pregunten nuestro nombre

Hasta que nos pregunten nuestro nombre

Una sonrisa se adelanta, navega, parece esa tinta que se adueña del acento, que lo representa… Corazón se escribe y el pergamino se arruga con el primer suspiro. Ya nada es igual, queda la noche con el sueño perfecto, los brazos perfectos y la mandolina rascando el inconsciente con guantes de arena… Fuimos en algún momento almas ingenuas, listas para los amaneceres y atardeceres, listas para escuchar y abrazar con el pecho desnudo. Listas para hacer de todo un lugar cotidiano. Ahora rogamos por no estremecernos, por usar las manos y que no queden huellas, por robar un te quiero que suene primero, por dormir a lado de alguien que no sabe robarnos el sueño…

Y quien atienda la puerta, atiende la mesa, pone los platos y las ganas, cuando el vino corre lo usamos para sobornar al sexo y tenemos tanto miedo de acordarnos del ayer, que a la mañana buscamos la peor cara e ignoramos sutilmente el cinismo del hasta luego.

No hay por qué preguntar sobre el futuro, los días están contados y el contador del porvenir lleva su reloj ya atrasado, así que hay que vivir el ahora, cerrar los ojos y tocar a ciegas, sin entrañas, ni espíritu.

Sólo cuando las manos se empapen del líquido que un pecho alterado libere, creeremos en el amor fielmente… quizá por eso a la locura se le otorgó el prefijo del amor. Quien dance y cante con atropellada singularidad, quien mire más de lo que el día a día contiene, el que se asome y se atreva a hurtar flores y consonantes estará loco, loco de amor.

¿Y qué nos queda sino abandonarnos, olvidar los espasmos y los atardeceres? No, nos queda avergonzarnos, retratar nuestra figura, abrir los ojos y esperar sin segundero. Nos queda abrir el alma, ser honestos con los espejos, alimentarnos de palabras que no provengan de la inteligencia absoluta, ni de los ceros radicales… Nos queda bañarnos en música, ser pianistas sin instrumento, fomentar esa locura robusta que se adueña de todo, y pensar que un día cualquiera, alguien nos mire a los ojos y nos pregunte nuestro nombre…

 

 Mauricio Mallet


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